martes, 21 de mayo de 2013

NINES.


NINES. 
                                                                
Le fastidiaba que se rompiese su rutina. Tenía la vida organizada y aquella carta presentaba una variación. Julia, su sobrina pequeña, hija de aquel hermano que emigró a Madrid venía al pueblo en el tren de las 10.30.

No tenía noticias de ella desde hacía siete años, cuando murió su padre de cirrosis en el alma y en el hígado. Entonces tendrá ahora veintidós años—pensó— ¿A santo de qué esta visita?

Llegó a la estación justo cuando se escuchaba el sonido agudo del silbato del tren.

Bueno, ahora saldré de dudas pero seguro que es porque necesita algo que si no…

Anduvo a lo largo del andén sorteando a viajeros con bultos y maletas, al poco tiempo creyó reconocer a Julia. Delgada, menuda y morena. Llevaba algo en los brazos y una mochila en la espalda por todo equipaje.

—Hola tía Nines, ¿cómo estás?—dijo en voz muy baja acercando su cara para darle un beso en la mejilla.

Nines esquivó el gesto de cariño de su sobrina con gran habilidad producto  de lo hosco de su carácter.

—No tienes buen aspecto—espetó en tono desabrido. Inmediatamente sus ojos se posaron en el lío azulado que llevaba Julia en los brazos.

— ¿Qué es eso? Dios mío ¿Qué llevas ahí?

—Luis, mi hijo. Es que no sabía dónde ir y…yo…

No pudo continuar hablando, estalló en sollozos.

—Estamos dando un espectáculo, venga vámonos de aquí que nos están mirando todos. Desde luego podrías haber elegido un horario más discreto.

Nines echó a andar hacia la salida y tomó la calle lateral en vez de la central para llegar a su casa. Julia a duras penas la podía seguir.

Ya en el interior Nines miró de arriba abajo a su sobrina. No pesaría ni cincuenta kilos, su cara era un poema: pálida, demacrada, sin la vida propia de una joven de veintidós años. Llevaba unos vaqueros raídos que le sobraban por todos lados a pesar de ir sujetos con un cinturón que casi  daba la vuelta a la cintura. Una camiseta de color indefinido, con lamparones por doquier y zapatillas que, en su momento, fueron blancas. El pelo mate, corto muy corto. Un cuadro, vamos.

Julia con el bebé en brazos se dejó caer en una butaca del cuarto de estar al que habían entrado desde la calle.

—Lo siento, pero solo serán unos días, te lo prometo. En cuanto me recupere un poco nos vamos, de verdad… Necesitamos ayuda, de no ser por Luis te aseguro que no te hubiera molestado, pero no sabía qué hacer…

En ese momento el niño comenzó a llorar quizás contagiado por la angustia de su madre.

Nines cogió al bebé.

—Te quedarás hasta que te haga falta, para eso somos familia ¿no?—dijo con el tono igual de cortante que en la estación.

— ¿Cuánto hace que no coméis?

Con el niño en brazos fue a la cocina, sacó una botella de leche y la caja de Maizena y preparó una papilla que Luis devoró casi al instante.

—En la nevera tienes comida, hazte lo que quieras, y se llevó al niño hacia arriba mientras lo arrullaba.

Pasaron días, varias semanas que se convirtieron en meses y, mientras Nines se hacía cargo del niño Julia se iba recomponiendo física y espiritualmente. Su tía apenas le hacía caso, se dedicaba exclusivamente a Luis. Eso sí, se preocupaba de que tuviera comida y refugio.

Era habitual ver a Nines por el pueblo con el cochecito que había comprado paseando al niño y entrando en las mercerías a por ropita y en el bazar a mirar y comprar juguetes. Estaba feliz y su carácter se dulcificaba con la presencia de aquella criatura que ya la reconocía y balbuceaba su nombre riendo.

Una tarde cuando volvía del parque Julia le dijo que quería hablar con ella.

—Vale, espera que deje a Luis en la sillita.

— ¿Qué quieres? ¿Te pasa algo?

—No tía. Es que tengo tantas cosas que agradecerte, bueno, tenemos que no sé cómo expresarlo. De no ser por ti no sé qué habría sido de nosotros—explicó Julia cogiéndola cariñosamente del brazo.

—Ya te dije que para eso está la familia.

Y se separó de Julia con cierta brusquedad.

—Siempre te lo agradeceré pero la hora de irnos ha llegado. He hablado con varios amigos y tengo un trabajo en Madrid.

—Pero…

—No te preocupes, Luis se quedará con Lorena, la amiga con la que voy a vivir, nuestros horarios de trabajo lo permiten. Estoy muy contenta, tía. Tu ayuda y ahora ésto…

No pudo decir nada más, notó algo caliente y viscoso que corría por su frente lentamente y un dolor intenso en la cabeza. Volvió los ojos y vio a su tía con el atizador de la chimenea en la mano y un brazo bajando rápidamente… luego todo quedó en negro.

En la plaza del pueblo, diez días después, mientras estaba sentada en un banco y Luis daba sus primeros pasos, le preguntaron por Julia.

—Pues se ha ido a Madrid a ver si encuentra trabajo y un piso, aunque sea compartido, para en cuánto pueda venir a por el niño pero está todo tan mal…

Las vecinas se miraron de reojo y dijeron:

—Si es que los tiempos son difíciles, menos mal que te tiene a ti… Seguro que volverá pronto.

—Para eso está la familia ¿no? Bueno me voy que se hace tarde ¡Vamos Luis! Ven con la tía, corazón…

Murmurando que ya  podía esperar sentada a su sobrina porque esa no volvía, seguro, las vecinas vieron marchar a Nines y Luis calle central arriba.

CARMEN FABRE.



  

2 comentarios:

Emilio Porta dijo...

Iba a empezar con una interjección antes de poner la siguiente frase... pero me parece que no era modo de empezar con ella, dado que parece que es el primer comentario y uno aún no ha superado del todo los prejuicios. Pero este relato se la merece, sí...La omito, pero no la frase que la seguía en el pensamiento: qué pedazo de relato. Vamos, de quitarse el sombrero. A mi que no me importa decir lo que pienso en positivo, cuando lo que se comenta es sincero y no almíbar vacío ( esa es la diferencia entre el halago y el reconocimiento lo que, al parecer, se mete en el mismo saco a veces ) me deja helado en su lectura. Intención e impacto, crónica de la dura realidad, amor, egoísmo, soledad, utilización del otro, aislamiento y sociedad...tantas cosas en tan poco y en tanto. Querida Carmen: tienes un don. Y cultura a raudales. He conocido a pocos que sepan aprovechar ambos con tanta precisión, inteligencia y emoción. Tan bien... y en tan poco tiempo. Gracias por compartir tu escritura. Ponerla, reflejarte, no detenerte. Y sabiendo que todo son pasos en la dirección de un deseo cumplido y por cumplirse. Esa identidad como escritora de la que siempre hablo se va conformando definitivamente.

Mcarmen Fabre dijo...

Muchas gracias, Emilio. No sé qué más decir.

Un abrazo.

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