viernes, 11 de marzo de 2016

17 de febrero.

17 DE FEBRERO
Era  doce de enero y Marisa durante la siesta, soñó que moriría. Concretamente que moriría  un diecisiete de febrero.

A partir de ese momento toda su existencia giró en torno a aquel  sueño. Cada año que comenzaba rodeaba con un trazo grueso de color rojo la fecha designada para su tránsito final y esperaba.

¿Cómo sucedería? No lo sabía. Pero se preparó para que fuera lo más tarde posible. Debía engañar a la muerte, burlarla y a eso se dedicó a partir de entonces.

Cambió radicalmente toda su actividad, abandonó su trabajo de profesora  en el colegio, allí no había más que  gérmenes que la acecharían, contagiándola de quién sabe qué enfermedades mortales.

Dejó de salir. Procuraba mantener el mínimo contacto con el exterior, se encerró en su casa a cal y canto. María y Felipe, sus mejores amigos, y la poca familia que tenía intentaron por todos los medios que fuera al psicólogo, le decían que  aquello no era normal pero al cabo de un tiempo la dejaron por imposible, a todas luces era una causa perdida, no había remedio  ni modo de hacerla entrar en razón .Se olvidaron de ella y ella de ellos.

Hacía la compra por internet, pagaba con tarjeta de crédito y exigía que el pedido se dejase en la puerta de su casa para no tener contacto directo con el repartidor. Solucionaba las gestiones económicas  a través de la banca on-line. Solo el pensar en que tendría que salir de casa algún día le producía palpitaciones, sensación de ahogo y un sudor frío recorría su espalda. Una ansiedad anticipatoria se apoderaba de ella en cuanto percibía cualquier posibilidad de cambio en su entorno.

En el calendario, la fecha del diecisiete de febrero la miraba, la perseguía y conforme se acercaba cada año redoblaba sus precauciones. La limpieza de la casa era exhaustiva, casi demencial. Un olor a desinfectante impregnaba todo el ambiente y su higiene personal se incrementaba hasta extremos insospechados. Se observaba continuamente, estudiaba el más mínimo cambio en su cuerpo,  tomaba su temperatura varias veces en un intervalo corto de tiempo,  tenía tres termómetros diferentes para asegurarse de que las mediciones eran correctas y las anotaba en una hoja de papel milimetrado, realizando una gráfica perfecta.

 Nunca iba al médico, no se fiaba de ellos, seguro que la iban a engañar diciendo que los síntomas que tenía solo se encontraban en su mente y repetirían la dichosa palabrita: “hipocondríaca”, así que se autodiagnosticaba y medicaba mediante la información que sacaba de Internet. Tenía un botiquín con medicamentos que ocupaba un armario de la cocina, todos obtenidos vía on-line.

En su casa las persianas y cortinas permanecían cerradas intentando evitar el más mínimo contacto con el exterior, la luz natural era peligrosa, las radiaciones del sol podían alterar su piel y provocar un melanoma.

Cada año que no ocurría nada en ese día era una vuelta de tuerca más .  Así año tras año.

 Hubo temporadas en las que algunos familiares y amigos intentaron, de vez en cuando, que cejara en su actitud, que  se dejase que ayudar pero Marisa acabó por no atender el teléfono y, posteriormente, cambió el número solicitando a Telefónica que no figurase  en la guía.

Los vecinos comentaron durante algún tiempo el extraño comportamiento de Marisa .Hubo incluso quien aseguraba haber oído durante las noches voces, risas escalofriantes y otros sonidos que cesaban en cuanto se llamaba a su puerta. Pasados unos meses dejaron de hablar de ella.

Cinco años después de aquel doce de Enero, Marisa vio su imagen reflejada en el espejo del baño .Su rostro pálido, casi transparente, daba miedo. Las ojeras marcaban una mirada apagada y enrojecida, en sus mejillas dos huecos resaltaban los pómulos huesudos. Vio la muerte en su imagen. Allí estaba. Había venido.

Sintió una punzada en el corazón, las piernas no le sostuvieron y se desplomó, tardó varios minutos en morir .Justo entonces los primeros sonidos de la primavera llenaban de alegría la calle, era veintitrés de abril.







1 comentarios:

Esther Planelles Arráez dijo...

Demencial. Es asombroso el poder de la mente, y más asombroso todavía que a mucha gente le preocupe más la muerte que la propia forma de morir. Triste reflexión.

Un abrazo.

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