martes, 22 de mayo de 2012

FINAL.




Cada noche abría el libro por la página marcada y buscaba exactamente la frase, la palabra justa en la que abandonó la lectura el día anterior, no quería perderse nada, ni un solo matiz del desarrollo. Sus ojos, ávidos, devoraban las letras. Al ir avanzando en el argumento las manos le sudaban y el corazón se alteraba con las diferentes fases de la trama, cada una más sorprendente y desconcertante que la anterior. El libro estaba amalgamado en él, no recordaba cómo había sucedido pero era así y nunca antes le ocurrió con otro, éste era especial.

Era magnífico, tenía todo lo que se podía pedir a una historia criminal con tintes psicológicos. Los personajes estaban perfectamente dibujados, perfilados hasta en su más mínimo detalle físico y mental;  parecía como si pudieran  salir, saltar de las páginas en cualquier momento y volverse tridimensionales ante él. Hubo noches en las que los vio en sus sueños hablándole, conminándole a descubrir quién de ellos era el asesino, el causante de los crímenes, el responsable de que toda su vida se centrase en un libro, en una historia. Cada uno culpaba a otro y exponía sus razones de un modo inteligente, incluso se establecían alianzas entre ellos para desviar su atención con una explicación farragosa de argumentos que resonaban en su cabeza al despertar. Todos tenían algo que decir para confundirle.

 Cuando el policía encargado del caso parecía cercar al culpable, siempre aparecía algo que desmontaba la resolución; era agotador y, a la vez, terriblemente adictivo Al despertar , bañado en sudor, resonaban las palabras, dichas por los personajes en sus oídos hasta bien entrada la mañana e, incluso, interferían en su trabajo.

Su obsesión iba en aumento exponencial, al igual que su angustia. Deseaba acabar el libro.

Pero una noche, una noche fatídica que nunca olvidará, sucedió algo.

Ya creía saber quién era el asesino y cómo había logrado realizar los crímenes, estaba seguro, faltaban muy pocas páginas para confirmar su deducción.  Dio la vuelta a la hoja y… en blanco, estaba en blanco; pasó la siguiente y lo mismo y la otra, y la otra… todas estaban en blanco.

No podía ser. ¿Cómo iba a comprobar su conclusión? Los nervios le destrozaban materialmente, dio vueltas por la habitación, volvió  a abrir el libro varias veces pero nada, en blanco. Cuando logró conciliar el sueño los personajes se le amotinaban en sus pesadillas apremiándole con palabras y palabras a que descubriera, entre ellos, al asesino.

A partir de ese día las voces retumbaban cada vez con más insistencia en su cerebro, sin darle descanso. Andaba por las calles con la sensación de que le perseguían; las personas con las que se cruzaban incluso algunos compañeros de trabajo, que ayer eran amigos, parecían tener el perfil del criminal. Un peligro indefinido le acechaba en cada lugar, en todo momento. Los personajes de la novela no dejaban de hablarle, de susurrar o gritar en su cabeza. Se burlaban de él riendo sarcásticamente y provocándole de modo incesante. En el metro se sentaban a su alrededor y en el trabajo tomaban el aspecto de Angelines o de Miguel, eran ellos metidos en su cuerpo, lo sabía por las malditas palabras que no dejaban de martillear sus sienes en cuanto abrían la boca.

Decidió ir al psiquiatra, en las sesiones de terapia los personajes le seguían acompañando, acosando,  sentados a su lado unos y detrás del médico otros, e irremediablemente le incitaban, con su cháchara continua, a que descubriera quién era el asesino, retándole cada vez con más insistencia.

No podía seguir así, una noche atiborrado de ansiolíticos  decidió  terminar con todo. Se sentó en su escritorio y despacio  terminó la historia, escribió el nombre del asesino, al acabar de teclear en el ordenador miró sus manos, estaban manchadas  de sangre…

CARMEN FABRE.








3 comentarios:

Frost dijo...

Una historia redonda, querida. Vuelvo a felicitarte por ella y además te envío un beso. Muaaaaaaaaaaaaaaaa!

Anónimo dijo...
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Anónimo dijo...
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