martes, 18 de septiembre de 2012

EUGENIA.





Tal vez nada o todo sea en vano, incluso el amor, pero lo dudo.
CARMEN FABRE

Eugenia recordaba el local como un lugar incongruente dentro del álbum  de instantáneas que llevamos implantado en nuestra memoria. Le parecía escuchar, como si ocurriese en ese instante, los murmullos, bisbiseos, tintineos de copas,  camareros pasando con bandejas en equilibrio: “Perdón”, “disculpe”..., sonrisas  forzadas y conversaciones tópicas.

 Era un cóctel en la “Galería  Romanones” con invitados del mundo de los negocios, cultural y político. Estuvo a punto de no ir, se notaba cansada después del trabajo. Había tenido una jornada agotadora en la Editorial, la traducción de la novela del autor polaco la   desesperaba, no lograba dar  con el sentido adecuado del texto al transcribirlo a inglés. En fin, quizás algo de distracción no le vendría mal. Su amiga Lía la terminó de convencer y se ofreció a ir con ella.

Pensó que debería ir a casa y arreglarse un poco pero estaba segura de que si lo hacía ya no saldría.  Fue al servicio y  se miró en el espejo. Bastaría con maquillarse un poco y retocar el peinado. El traje sastre color guinda que llevaba le daba un aire elegante, su estatura y porte hacían  el resto.

Lía condujo hasta la Galería, dejó el coche al aparcacoches y entraron. Al poco rato la perdió de vista. No conocía a nadie, el agotamiento iba en crecimiento exponencial. Se bebió varias copas y acabó a poyada en la pared al lado de un cuadro enorme y dorado. Me voy, pensó. No hago nada aquí, seguramente hay una parada de taxi cerca.

Al levantar la vista e intentar recomponerse algo, se encontró con unos ojos grises en los suyos. Un hombre varios años, casi bastantes más que los de ella la miraba mientras contestaba, distraídamente, a una conversación que no parecía interesarle mucho.

Eugenia le miró los pies y no fallaba;  mirar a un hombre a los pies es como si le dijeras: “Ven” y fue.

Escuchó una voz agradable que le preguntaba si estaba sola. Siempre lo estoy, dijo. ¿Puedo acompañarla? Me iba ahora mismo y una lágrima, dos, tres… se escaparon  suicidas saltando al vacío  desde sus ojos. ¿Por qué se le escaparon?  Quizás inconscientemente intentaba y no conseguía hacer la respiración artificial a su angustia, a la resaca del desconcierto…, nunca lo supo.

Aquel hombre le ofreció su brazo y salió de allí. Montó  en su coche, un porsche gris,  él le puso el cinturón y bajó la ventanilla  mientras seguía llorando. No sé qué me ha pasado, he tenido un día duro, he bebido demasiado… disculpe, dijo  mientras cogía el pañuelo de papel que él le ofrecía. No importa, dígame su dirección y la dejo en su casa.

Durante el trayecto le miró de reojo varias veces. Algunas mechas blancas se mezclaban entre el pelo ya gris, las manos cuidadas y las uñas perfectamente recortadas.  No llevaba anillo y no sabía por qué pero intuía que no se trataba de que intentase  iniciar una aventura pasajera con ella.

Llegaron a su casa y bajó del coche. Espero volver a verla, Eugenia. Ella por primera vez, esbozó una sonrisa al mirarle a los ojos.

 Y supo con certeza absoluta que, si quería , podría ser suyo y que, quizás, nada fuese en vano




2 comentarios:

Frost dijo...

Vaya, es un relato agridulce, querida amiga. Tiene final feliz, pero no sé, desprende tristeza también. Me ha gustado mucho, no obstante.
Un besazo!

Mcarmen Fabre dijo...

Gracias, Laura.Sí, destila tristeza..

Un beso.

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