martes, 24 de abril de 2012

LACRIMOSA




Había que reparar y eliminar  del coche cualquier huella de lo sucedido lo más rápido posible, antes de que la policía y el seguro  empezaran  a investigar. Toda la familia, en cierto modo, estaba implicada en el suceso, todos eran culpables de lo acontecido.

Se trataba de un viaje normal, como tantos otros, pero lo que  pasó cambió la vida de todos. Sucedió  de modo imprevisto. Nadie lo pudo prever; el padre discutía con la madre acerca del camino a seguir, los hijos se peleaban por el móvil y la abuela protestaba porque siempre estaban de trifulca y no la dejaban dormir.

No hubo tiempo de girar el volante, ni siquiera de pensarlo. El golpe sordo de algo contra el parachoques, el ruido de cristales rotos de los faros,  el chirrido de los frenos,  el grito de todos, casi al unísono, y la visión de un bulto gris rebotando, elevándose hacia el parabrisas y cayendo finalmente a un lado, se superpusieron en un instante que acabó con un silencio estentóreo, otorgando a la situación una irrealidad asombrosa.

 Algo había salido del otro lado de la carretera, era brillante, muy brillante… chocó con el coche, lo atropellaron. ¿Qué era aquello? ¿Un gato? ¿Un perro? ¿Un corzo?  ¿Un hombre? Solo vieron una luz potente y escucharon un zumbido como si se rasgase el aire.

-¿Qué ha sido eso?-dijo el padre.

-¡No pares! ¡Sigue adelante!-gritó  la madre que, nerviosa, miraba hacia atrás.

-¡Papá! ¡Era una paloma gigante, yo la vi!

Pararon el coche en el borde de la carretera; los  rayos del atardecer iluminaban el camino. El padre se bajó rápidamente,  nervioso y preocupado, un sinfín de posibles situaciones se le venían a la cabeza: un cadáver, la policía, la cárcel, un juicio… dinero, problemas, todo lo que le parecía que pudiera ocurrir a partir de ese instante, serían problemas.

-¡Quedaos todos dentro del coche, no bajéis para nada hasta que vea lo que ha sucedido!

- No lo vi aparecer, surgió de la nada… Dios mío que no sea una persona
Miró sorprendido el coche, había sangre y plumas mezcladas No entendía nada, no podían haber chocado con un ave, el golpe era grande y los daños causados   no correspondían, de ninguna manera, a los que se hubieran producido de ser así.

A unos veinte metros del vehículo estaba aquello contra lo que habían chocado, se acercó y lo que vio le dejó estupefacto: Una túnica blanca y un par de alas blancas  manchadas de sangre, además de una flor, un lirio, del que parecía salir una luz interior que se iba desvaneciendo.

Miró alrededor, no había nada más. Se dirigió hacia las cunetas, nada, ni rastro de cuerpo alguno que pudiera pertenecer a un ser vivo.

Le entró miedo, un terror indescriptible ¿Contra qué había chocado? ¿A qué o quién había atropellado?

Corrió hacia el coche como si le persiguiera el mismísimo Belcebú, entró, introdujo la llave de contacto, arrancó y aceleró bruscamente.

-¿Qué has visto? ¿Qué hay en la carretera? –dijo su mujer que había intentado mantener a todos relativamente tranquilos, algo bastante difícil.

-¿A que era una paloma gigante, papá?

Su hija insistía en ello, el hermano se burlaba  de la niña, la abuela lloraba  y su mujer continuaba interpelándole bruscamente.

Volvió a parar el coche frenando de modo violento y dijo ásperamente, en un tono que no admitía contestación:

-Aquí no ha pasado nada, ¿me oís? Nada. Ahora vamos a lavar el coche y al taller de Juan a arreglar los daños… ya veré qué explicación doy.

Todos se callaron y el viaje prosiguió en un silencio absoluto.

Desde ese día, Manuel, no logra conciliar el sueño, ni quiere; en cuanto lo consigue escucha de modo constante a toda la corte celestial entonando la LACRIMOSA de Mozart y una luz cegadora e intensa llena su mente…

CARMEN FABRE



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3 comentarios:

José Antonio López Rastoll dijo...

Hola Carmen,

Con este relato me has tenido en vilo hasta el final y el final, desde luego, es bastante infernal.

Un saludo.

CARMEN dijo...

Gracias José Antonio.

La verdad es que algo "infernal " ya es..

Un abrazo.

Anónimo dijo...
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